LAS TRAYECTORIAS POLÍTICAS
La evolución política en las dos zonas estuvo condicionada por diferentes acontecimientos relacionados directamente con la luchas por el control del poder y con el desarrollo de las operaciones militares.
LA ZONA REPUBLICANA
Desde el 20 de julio de 1936, en la zona republicana se produjeron dos fenómenos: la aparición de un poder popular, que realizó la colectivización de amplios sectores de la economía; y la ruptura política del bando republicano; hasta finales del año 1937 no se consiguió un mando único.
Las organizaciones obreras, sobre todo las anarcosindicalistas (CNT, FAD, crearon comités, que, de hecho, actuaban como un poder no controlado por los políticos institucionales. En Barcelona se formó el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, integrado por todas las organizaciones catalanas de izquierdas. Una situación similar se produjo en Teruel, en Valencia y otros lugares. Una de las primeras medidas de estos comités fue hacerse cargo de las tierras y de las fábricas, muchas veces persiguiendo a sus propietarios, si es que no habían huido ante el temor de ser asesinados. El proceso colectivizador fue extendiéndose impulsado por los sindicatos, sobre todo por la CNT, y llegó a empresas industriales y también a los oficios tradicionalmente individuales, como los taxistas o los barberos.
A diferencia de la nacionalización, en la que era el Gobierno quien se hacía cargo de las empresas o las tierras, la colectivización que se produjo se caracterizaba por la autogestión de los trabajadores. Así, en las áreas donde existían grandes terratenientes (La Mancha, Andalucía, etc.) se crearon comunas de jornaleros que colectivizaron los campos. En las zonas donde predominaba la pequeña o mediana propiedad de la tierra, como en Cataluña o Valencia, este fenómeno colectivizador no se llevó a cabo más que en contadas ocasiones.
Por otro lado, la desfragmentación de la república debido a los emergentes poderes locales y las derrotas militares de los primeros meses de la guerra evidenciaron la necesidad de formar un gobierno central de unidad, de volver a la autoridad institucional republicana y de crear un ejército regular que sustituyera a las columnas de milicianos (muy mal organizadas entre si).
José Giral dimitió como presidente del Gobierno y fue sustituido por Francisco Largo Caballero (dirigente del PSOE), que gobernó desde septiembre de 1936 hasta mayo de 1937. Este dirigente socialista, que se reservó para él mismo el ministerio de la Guerra, formó un gobierno de unidad integrado por socialistas, sindicalistas, republicanos y dos nacionalistas, uno de Esquerra Republicana de Catalunya y otro del Partido Nacionalista Vasco. Más adelante, el 5 de noviembre de 1936, se incorporaron algunos anarcosindicalistas, Joan García Oliver, Joan Peiró y Federica Montseny.
Durante el año 1937, el gobierno de Largo Caballero recuperó lentamente los poderes del Estado. Casi todas las juntas y todos los comités fueron desapareciendo, se reanudaron las reuniones de las Cortes, y las atribuciones gubernativas pasaron de nuevo al gobierno central. Por su disciplina interna y por contar con un fuerte apoyo de la Unión Soviética (URSS), el Partido Comunista, que era una organización muy pequeña al comienzo de la guerra, se fue imponiendo hasta llegar a ser el partido más influyente en el Gobierno.
Pero la marcha de la guerra provocó numerosos enfrentamientos en el seno del Gobierno, sobre todo a partir de la posición de los comunistas, que discrepaban de algunas decisiones tácticas de Largo Caballero (como la negación de ayuda a Málaga tras el ataque franquista) y de su manera de dirigir el conflicto. Los anarquistas, aunque participaban en el Gobierno seguían actuando de manera autónoma en el ámbito social.
La crisis política en la retaguardia se precipitó a partir de los hechos de mayo de 1937 en Barcelona. Del 2 al 7 de mayo tuvo lugar un enfrentamiento armado en la ciudad entre las fuerzas anarcosindicalistas y el POUM (grupo comunista enemigo de la URSS), de una parte, y las fuerzas del orden público y militantes del PSUC (comunistas catalanes) y del a UGT (sindicato del PSOE), de otra. La pugna política venía de antiguo –prioridad de la revolución o de la guerra respectivamente- y había culminado con el asesinato de de Roldán Cortada, destacado dirigente del PSUC.
Durante seis días del mes de mayo se estuvo combatiendo en las calles de Barcelona. La ciudad se lleno de barricadas y hubo enfrentamientos armados que acusaron más de 500 muertos. Ante la imposibilidad de que la Generalitat pudiese controlar la situación, la crisis se resolvió con el envío por el gobierno republicano de 5.000 guardias de asalto y la consiguiente derrota de la CNT.
En estas circunstancias, los comunistas precipitaron la crisis del Gobierno y pusieron como condiciones para continuar colaborando, entre otras, la disolución del POUM y la renuncia de Largo Caballero al ministerio de la Guerra. Pero Largo Caballero se negó y Azaña; ante esta actitud y la situación que se planteaba, lo destituyó y encargó la formación de un nuevo gobierno al socialista Juan Negrín.
Además Azaña pensaba que con la formación de un gobierno más moderado, conseguirían que países como Gran Bretaña o Francia les ayudasen en la guerra, ya que solo con la ayuda de la URSS y las brigadas internacionales no podían ganar la guerra. Así, el 28 de octubre de 1938 las Brigadas Internacionales salen de España (este tema lo trato más detalladamente en el apartado dimensión internacional de la guerra).
Con el gobierno de Negrín, que se mantuvo en el cargo hasta el final de la guerra con el apoyo de buena parte del PSOE y del PCE, la influencia de los comunistas en el Gobierno –en el que ya no había ningún anarcosindicalista- y en el ejército aumentó paulatinamente.
Políticos tomando café, entre ellos Azaña
Juan Negrín orientó su política hacia la resistencia a ultranza, a fortalecer el Estado –suprimió el Consejo de Aragón, anarquista, y restó competencias a la Generalitat de Cataluña- y a potenciar un ejército popular con la ayuda de Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, y del general Vicente Rojo, nuevo jefe del Estado Mayor Central. Negrín era partidario de resistir hasta el final, confiando en que el inminente estallido que se adivinada de la guerra mundial favoreciese a la República.
El 1 de mayo de 1938, día del trabajador, leyó una declaración de 13 puntos en los que exponía los objetivos bélicos de su gobierno y con el que pretendía tantear la posibilidad de armisticio. Pero sus esfuerzos por conseguir una paz negociada (a espaldas de los comunistas) resultaron infructuosos, ya que Franco respondió con la exigencia de la rendición incondicional.
LOS 13 PUNTOS DE NEGRÍN
“1. La independencia de España
2. Liberarla de militares extranjeros invasores
3. República democrática con un gobierno de plena autoridad
4. Plebiscito para determinar la estructura jurídica y social de la República Española
5. Libertades regionales sin menoscabo de la unidad española
6. Conciencia ciudadana garantizada por el Estado
7. Garantía de la propiedad legítima y protección al elemento productor
8. Democracia campesina y liquidación de la propiedad semifeudal
9. Legislación social que garantice los derechos del trabajador
10. Mejoramiento cultural, físico y moral de la raza
11. Ejército al servicio de la Nación, estando libre de tendencias y partidos
12. Renuncia a la guerra como instrumento de política nacional
13. Amplia amnistía para los españoles que quieran reconstruir y engrandecer España”
Negrín sabía que Franco no transigiría, por ello puso todas las esperanzas en que una política de resistencia a ultranza en espera del estallido de una guerra europea que era lo único que podía salvar a una República cada día más débil y aislada. (El lema de Negrín fue “resistir es vencer”). Para ello puso sus esperanzas nuevamente en el terreno militar. En el verano de 1938 ante la constante presión del Ejército nacional en dirección a Valencia el Ejército Popular lanzó su mayor ofensiva en el río Ebro. La batalla pretendía obtener el precioso tiempo que Negrín desesperadamente necesitaba en vistas a que estallara la Segunda Guerra Mundial. Para coordinar los esfuerzos en la nueva ofensiva Negrín se avino a visitar al presidente Lluís Companys manifestándole que estaba cansado de la falta de cooperación de Cataluña en la guerra y que pretendía dimitir. Companys, asustado, le indicó que no lo hiciera y le dijo que procuraría establecer una relación más estable entre Generalitat y gobierno central. Con ello la autonomía catalana quedaba prácticamente anulada por Negrín y los comunistas. Finalmente la republica perdió la batalla del Ebro (como indico en otro apartado).
La ofensiva nacional iniciada el 23 de diciembre de 1938 para la conquista de Cataluña significó la última fase de descomposición del gobierno republicano. La mayoría de su población quería finalizar la guerra y con ella su sufrimiento aunque ello significara la postración ante los vencedores. No es pues de extrañar que la ofensiva fuera más un paseo que una acción militar. El 1 de febrero el gobierno celebró su última sesión de Cortes republicanas. En ella Negrín pronunció un discurso en el que pedía sólo tres condiciones para la paz: garantía de la independencia española, garantía del pueblo español a decidir su propio gobierno y renuncia a las represalias aunque sabía que Franco no las aceptaría.
El 10 de febrero los nacionales alcanzaron la frontera francesa, Cataluña había caído. Ese mismo día Negrín llegó a Alicante procedente de Francia para tratar de prolongar la resistencia de la última zona en poder de la República. Pero gran número de dirigentes republicanos no quisieron volver a España, entre ellos Manuel Azaña, presidente de la República.
El 26 de febrero Gran Bretaña y Francia reconocieron al gobierno del general Franco. Al día siguiente todos los países excepto México y la URSS lo reconocieron. Manuel Azaña dimitió como presidente republicano. Todos los dirigentes republicanos sabían que la guerra estaba perdida pero Negrín seguían mostrándose favorable a continuar la resistencia.
El jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, estaba ya confabulado con Julián Besteiro, (importante político socialista), el cual no disimulaba su convicción de que debía ponerse fin a la guerra y llegar a un acuerdo con el enemigo.
Primera junta de defensa
El 5 de marzo se reúnen en Madrid el coronel Casado, Besteiro y representantes de los demás partidos y organizaciones sindicales. En la madrugada del día 6 se anuncia la constitución del Consejo Nacional de Defensa que asume el poder en la zona republicana. Se declaró la inconstitucionalidad del gobierno de Negrín. Salvo algunos mandos militares que se mantienen de momento a la expectativa y algunos gobernadores y jefes que son depuestos o arrestados, la autoridad del Consejo es acatada.
Durante la mañana del 6 de marzo Negrín y sus ministros abandonaron el suelo español, desde el aeródromo de Monóvar. Pero los comunistas están resueltos a resistir y es al amanecer del día 12 de marzo cuando la batalla entre comunistas y "casadistas" en Madrid puede darse por terminada con la eliminación de la escena política del Partido Comunista.
El Consejo Nacional de Defensa trató de reorganizar la zona pero ante las crueles condiciones formuladas por Franco, los ejércitos republicanos sólo puedes atenerse a la rendición. Franco acepta recibir a dos emisarios del Consejo sólo para acordar la manera en que ésta va a llevarse a cabo.
A partir del 27 de marzo las tropas nacionales inician la ofensiva por la victoria. Los miembros del Consejo de Defensa parten hacia el exilio desde Gandia en un barco inglés. Besteiro no quiso abandonar Madrid y allí fue encarcelado. Pocos buques consiguieron zarpar con refugiados desde Valencia, Alicante y Cartagena. El día 1 de abril de 1939 se dio por finalizada la guerra con la total derrota republicana.
LA ZONA FRANQUISTA: LA ESPAÑA “NACIONAL”
En la zona insurrecta, la muerte en accidente de aviación del general José Sanjurjo el 20 de junio de 1936 dejó a los sublevados sin un jefe visible. Las personas más destacadas de dicha dirección pasaron a ser Mola, Queipo de Llano y Franco, a este ultimo sus contactos con el exterior para proveerse de armamento, el traslado de sus tropas del Ejército de África a la Península y un poco más tarde la liberación del Alcázar de Toledo le habían puesto en una situación de clara ventaja frente a los otros candidatos.
Al igual que los republicanos, los militares eran conscientes de la prioridad de unificar el movimiento y además ellos pensaban que era primordial el ganar muchas batallas para así afianzar su poder.
La dirección del alzamiento militar la ejercía una Junta de Defensa Nacional creada en Burgos el 24 de julio, integrada por varios generales y presidida por el más antiguo, Miguel Cabanellas. Pero en realidad, cada general ordenaba lo que quería en su zona; aunque siguiendo la estrategia programada por el general Mola que marcaba como objetivo Madrid, acercándose a la ciudad desde el norte y sur de la península.
Una vez asumido que el golpe de estado se iba a convertir en guerra, la necesidad de un mando único para dirigirla llevó a los generales insurrectos a proclamar a Francisco Franco jefe del Estado y generalísimo (general en jefe) de los ejércitos (1 de octubre de 1936). Para la elección de Franco para dichos cargos fue muy importante la intervención de su hermano Nicolás y del general Kindelán. Por otra parte los regímenes fascistas europeos, (Italia y Alemania básicamente), tuvieron mucho que ver en el ascenso de Franco al poder absoluto. Sus envíos de armas y pertrechos al bando nacional por mediación de Generalísimo le habían otorgado un prestigio difícil de igualar. Además del apoyo logístico, recibió también el político cuando Mussolini y Hitler, reconocieron al régimen de Franco durante la batalla de Madrid (18 de noviembre de 1936), pronto ambos enviarían sus representantes diplomáticos a la España nacional. Las relaciones con el fascismo europeo quedaron así establecidas aunque Franco se guardó mucho de otorgar a su dictadura de todos los aspectos doctrinarios del fascismo italiano o alemán.
El predominio militar en el ejercicio del poder fue, pues, prácticamente absoluto en la zona insurrecta. Al principio se pensaba que la estancia de Franco en el poder seria transitoria y que al finalizar la guerra se elegiría el tipo de gobierno y el gobernante.
La primera medida que adoptó Franco fue la creación de una Junta Técnica de Estado. Con los decretos de las junta militares y de la Junta Técnica, los insurrectos pretendían contrarrestar la obra de la Republica; devolver las tierras a los propietarios expropiados, depurar a los funcionarios cercanos a la República, anular las reformas educativas y prohibir todos los partidos políticos y sindicatos, excepto la Falange y la Comunión Tradicionalista (carlistas).
Algunas medidas del gobierno de Franco en 1938 fueron:
- 2 de marzo: suspensión de la Ley de Divorcio
- 9 de marzo: promulgación del Fuero del Trabajo.
- 5 de abril: abolición del Estatuto de Cataluña.
- 22 de abril: Ley de Prensa.
- 3 de mayo: se restablece la Compañía de Jesús
- 5 de julio: ley que restablece la pena de muerte.
En el bando insurrecto, nadie discutía la primacía militar de Francisco Franco, pero en el terreno político había discrepancias difíciles de conciliar entre la Falange Española y de las JONS, totalitaria y antimonárquica, y la Comunión Tradicionalista, monárquica y con un pretendiente carlista a la corona, Javier de Borbon-Parma. Por otra parte, algunos monárquicos alfonsinos, junto con miembros de la CEDA y de Renovación Española, preconizaban el retorno al trono español del derrocado Alfonso XIII, que vivía en el exilio.
En el invierno de 1936-37 el principal líder de los grupos de requétes carlistas, Manuel Fal Conde, creó una Academia Militar Carlista sin consultar con el Caudillo. Franco identificó a Fal Conde con un golpista y le obligó a abandonar el país si no quería enfrentarse a un tribunal militar. Se estaban dando los primeros pasos para reducir a todos los movimientos político-sociales que componían el bando nacional a una única dirección. El Himno nacional fue instaurado como el “legítimo” de España, también se cantaban el “Oriamendi”, el “Cara al Sol” y el “Himno de la Legión”. Las filas del movimiento juvenil de la España nacional, a imagen y semejanza de los “balilla” de Mussolini, recibían el nombre de "pelayos", "cadetes" o "flechas".
El hecho más grave derivado de las tensiones políticas en los falangistas, que fueron constantes a lo largo de la guerra, fue un enfrentamiento a tiros (en abril de 1937 en Salamanca) entre facciones de falangistas, que causó varios muertos. Franco reaccionó y el 19 de abril promulgó un decreto de unificación por el que se creaba un partido único al estilo fascista, llamado Falange Española, tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de la JONS). Esta unificación causó tensiones en la Falange, ya que esta estaba dividida en falangistas tradicionalistas (que querían seguir los mandatos del ya difunto Primo de Rivera ) y los falangistas pragmáticos (que para mantenerse en el poder no dudaban en renunciar a algunas de sus ideas).
Como consecuencia de este enfrentamiento, algunos de los líderes de este grupo que se opusieron fueron encarcelados por orden de Franco.
A FET y de la JONS, que se conoció también con el nombre de Movimiento Nacional, se sometieron los antiguos militantes de la CEDA y los grupos monárquicos. Obviamente, el general Franco era el jefe indiscutible de este nuevo partido. Con esta medida, Franco cerraba el círculo de su poder absoluto: generalísimo del ejército, jefe de Estado y de Gobierno, y Jefe de un partido político único.
De esta manera, quedaban establecidos los apoyos ideológicos de la que más tarde sería el franquismo: el pensamiento falangista (26 de los 27 puntos de la Falange fueron la base oficial del franquismo), el carlismo, que aportaba la tradición y la espiritualidad católica, y el conservadurismo monárquico.
Para esta unificación política fue muy importante Ramón Serrano Súñer, cuñado del Generalísimo. Al principio el "Cuñadísimo" (como se le solía llamar) carecía de posición oficial. Desde su llegada a Salamanca tras su huida de territorio republicano (el alzamiento le sorprendió en Madrid), Franco le utilizó de guía político. Serrano se ocupaba de buscar al nuevo estado nacional una base teórica y a ser posible jurídica. Por eso se declaró partidario de la unificación de todos los movimientos bajo la mano firme del general Franco.
La iglesia, se convirtió en una alidada del nuevo régimen. Muchas veces los sacerdotes concluían sus sermones con un “¡Viva España¡” o un “¡Viva el Generalísimo¡”. Los católicos sabían que en la España republicana habían sido asesinados centenares de sacerdotes y creían que el número de eclesiásticos muertos era mayor incluso que el real.
Existía una diferencia entre la entrega de la jerarquía española a la causa nacional y la actitud del Vaticano, que en algunos momentos tuvo algunos reparos en aceptar a Franco por la buena relación que tenía con Hitler y Mussolini.
También surgieron algunas disensiones dentro de la Iglesia española, básicamente por la situación de la Iglesia vasca. Las ejecuciones de sacerdotes vascos por parte de los nacionales provocaron la protesta del Papa, que consiguió detenerlas. El cardenal Gomà intentó explicar la muerte de estos sacerdotes diciendo que habían sido víctimas de sus propios actos.
Los obispos españoles, presididos por el cardenal primado Isidro Gomà, en una carta colectiva que solamente fue rechazada por el obispo de Vitoria, Mateo Múgica y el cardenal de Tarragona, Francesc Vidal i Barraquer, calificaron el alzamiento militar como una “cruzada cristiana”, con lo que legitimaban a los golpistas ante la opinión católica internacional.
El 1 de febrero de 1938 el general Franco formó su gobierno. Hasta el momento se había contado únicamente con una dirección militar. Ahora sería igual pero apoyándose en un consejo de ministros constituidos de todas las fuerzas políticas que componían el régimen y que teóricamente razonaba cual era la línea política a seguir pero que realmente se plegaba a las decisiones absolutas de Franco.
Este gobierno estaba compuesto de una mezcla de ministros de corte militar aderezado con algunos civiles de corte monárquico, falangista y carlista. Ninguno habían sido personajes de elevado rango en sus partidos, ya que el Caudillo ya había eliminado a todos aquellos dirigentes incómodos provenientes de los grupos civiles que le podían haber apartado de su poder absoluto. El personaje con más influencia era Ramón Serrano Súñer, nombrado ministro de la Gobernación.
El general Queipo de Llano que odiaba a los falangistas se negó a entrar en el gobierno y por tanto fue perdiendo influencias.
En el invierno de 1937-38 el Ejército nacional contaba con unos 500.000 hombres reorganizados en divisiones. Estas fuerzas seguían organizadas en tres grupos. El Ejército del Norte bajo el mando de Fidel Dávila, el del centro con Andrés Saliquet y el del sur con Queipo de Llano. En estas formaciones había que contar a los 40.000 marroquíes, a un número similar de tropas regulares italianas y a los 5.000 hombres de la Legión Cóndor. El espionaje político y el control de la retaguardia quedaba asegurado con el SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) creado en noviembre de 1937 y que a mediados de 1938 contaba con alrededor de 30.000 hombres a su servicio.
El 7 de marzo de 1938 se promulgó el "Fuero del Trabajo" que regulaba con este Fuero las condiciones laborales de la zona nacional. El Fuero del Trabajo había sido copiado básicamente del ya existente en la Italia de Mussolini.
El 9 de abril de 1938 se promulgó la Ley de Prensa que decretaba el control estatal de toda la prensa escrita. El artículo 18 prohibía cualquier medio de comunicación que atentara contra el régimen. La reorganización del sistema educativo quedaba en manos de la Iglesia por lo que se realizó la depuración de maestros y profesores no afines al régimen y la reordenación en cuatro ramas de la educación: religión, patriotismo, educación cívica y educación física. Todos los nuevos maestros y profesores debían poseer un certificado de buena conducta religiosa, moral, política y social antes del Movimiento y durante el mismo expedido por el párroco de la localidad.
En febrero de 1939 los ejércitos nacionales alcanzaron la frontera francesa sobre Cataluña. El 13 de febrero de 1939, Franco promulgó el decreto que aplicaba penas a todos los culpables de "actividades subversivas" desde el 1 de octubre de 1934 hasta el 18 de julio de 1936 y a todos los que, desde entonces, se hubieran opuesto al Movimiento Nacional.
El 27 de febrero se produjo el reconocimiento oficial del gobierno nacional por parte de Gran Bretaña y Francia, un día después todos los países, excepto Rusia y México efectuaron ese mismo reconocimiento.
Finalmente se produjo la sublevación de Casado, el cual intento negociar el final de la guerra. Las condiciones que puso Franco para la rendición estipulaban la entrega de la aviación republicana y el alto el fuego del ejército de tierra al avance de las tropas nacionales. Además los jefes militares atravesarían las líneas mostrando banderas blancas.
El 27 de marzo se inició el avance sin resistencia sobre la última zona en poder de los republicanos. Seis días después, el 1 de abril de 1939, día que se llamó de la Victoria habían alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra había terminado con la victoria total de la España nacional.
LA VIOLENCIA Y LA REPRESIÓN EN LA RETARGUARDIA
Los procesos de revolución y reacción fueron acompañados de una represión a menudo violenta, contra todos los grupos políticos y sociales que se podían considerar, directa o indirectamente, enemigos.
Como en todas las guerras civiles, en la represión se mezclaban odios personales y sectarismos ideológicos. En la zona republicana, además, la represión se caracterizó por un profundo anticlericalismo.
Curas de paisano siendo detenidos
Anticlericalismo
Se calcula que, en el conjunto de España, perdieron la vida a causa de la violencia política en la retaguardia más de 130.000 personas.
En la zona republicana, toda persona sospechosa de apoyar la sublevación militar o simpatizar con ella (empresarios, propietarios, militantes de partidos de la derecha durante la republica, como la CEDA, la Lliga Regionalista u otros; católicos praticantes: curas; monjas, etc.) fue objeto de persecución que en ocasiones terminó en asesinato.
Las verdaderas causas de esta violenta represión no se correspondían, en general, con las presuntas actividades progolpistas de los perseguidos, sino que en muchos casos procedían de situaciones anteriores: de las tensiones sociales que habían generado odios ancestrales acumulados, con base real o, incluso, imaginaria.
Aunque a menudo se culpó a los “incontrolados” de los asesinatos y de los incendios de edificios religiosos, todas las organizaciones antifascistas tomaron parte, de una manera u otra, en la represión de los primeros meses con las patrullas de control, que el Gobierno fue incapaz de dominar. De hecho (excepto en el País Vasco), durante toda la guerra la práctica religiosa fue prohibida y se convirtió en una actividad clandestina. Y aunque a partir de diciembre de 1936 se restableció cierto orden y los órganos de prensa de la CNT y del POUM hicieron llamamientos para evitar los asesinatos, la represión y la violencia civil continuaron durante más de una año.
En la zona insurrecta también se vivió un clima de terror, a veces más acentuado incluso que en la zona republicana, con el agravante de que, mientras duró la guerra, ninguna voz, ni siquiera de la jerarquía católica (que daba su apoyo a los golpistas), se levantó contra la represión, que se produjo de manera sistemática siguiente las órdenes de las autoridades militares.
El mantenimiento de una retaguardia firme y segura era una de las principales preocupaciones del bando nacional. Para seguir manteniéndola en ese estado era necesario fusilar a muchos enemigos del régimen. Franco, impasible, sostenía que su política no consistía en derrotar ejércitos sino en conquistar territorio, llevando a cabo las purgas necesarias. Pueden distinguirse dos etapas en las ejecuciones nacionales. En los primeros días de la guerra se fusilaba sin procedimiento judicial alguno. Más tarde se implantaron los consejos de guerra que no dejaron de representar una farsa de juicio en el que el acusado estaba condenado de antemano a la pena capital. Innumerables republicanos, revolucionarios y prisioneros de guerra, sacerdotes vascos y separatistas de todas las clases se encontraban en las atiborradas cárceles de la retaguardia nacional, a merced de los directores de las prisiones y de los guardianes. Algunas voces se levantaron contra estos terribles hechos pero en la España de Franco levantar la voz significaba muchas veces el encarcelamiento e incluso la muerte.
Episodios como los fusilamientos sin juicio de más de 2.000 personas en la plaza de toros de Badajoz, la depresión sangrienta en Málaga, los asesinatos de la sima de Jinámar, en Canarias, los fusilamientos en el País Vasco, o los “paseos “ de los campesinos andaluces, son ejemplos representativos del clima de violencia que se vivió. La cifra de muertos y encarcelados por las fuerzas franquistas es muy alta y supera, según los datos actuales, a la que se produjo en la zona republicana.
Se creo un odio extremo entre los dos bandos Marineros divirtiéndose en la retaguardia